Sufrimiento y felicidad
Monday, March 17, 2014
*Fr. Eduardo Barrios, SJ
Con frecuencia se escribe sobre lo mucho que se sufre en este mundo. Los noticieros abundan en v�ctimas de guerras, de homicidios, de accidentes fatales y de toda clase de calamidades. No se puede negar que hay mucho dolor por doquier.
Pero a esa incontrovertible realidad debe a�adirse otra verdad muy consoladora: El sufrimiento no excluye necesariamente a la felicidad.
�Cu�ntas madres desgastan sus vidas al cuidado de un hijo o hija enfermos! El amor materno endulza los sinsabores de renunciar a paseos y diversiones por atender al paciente incurable. El amor tiene las llaves de la felicidad.
Lo que se capta a nivel del amor natural, puede admirarse con mayor esplendor en el plano sobrenatural.
El cristiano sabe - s� sabe, pues la fe es un saber superior en cuanto que participa del saber divino - que el mayor bien para la humanidad, la redenci�n del g�nero humano, no se realiz� sin la crucifixi�n del Salvador.
Desde entonces, los disc�pulos del Crucificado-resucitado experimentan gozo al compartir los sufrimientos del Se�or. Cuando a los primeros ap�stoles los azotaban y les prohib�an difundir el Cristianismo, ellos sal�an del suplicio "contentos de haber sufrido aquel ultraje por el nombre de Jes�s" (Hech. 5,41). Todos los ap�stoles, excepto San Juan, fueron martirizados. Hubo muchos m�rtires durante los tres primeros siglos de la era cristiana. No iban al suplicio llorando o maldiciendo, sino cantando himnos de alabanzas. �Masoquismo? No, sino que la l�cida fe y el amor les absorb�an el poderoso instinto de conservaci�n, y les hac�an sentirse felices al cruzar el umbral de la muerte hacia la vida eterna.
Con la paz constantiniana, a�o 313, se cierra la primera era de los m�rtires, y cobra fuerzas una nueva modalidad de santidad y de identificaci�n con Cristo doliente, el monacato, primero erem�tico o en soledad, y luego cenob�tico o comunitario. Se vio como un sacrificio incruento, una crucifixi�n con los clavos de la pobreza, la castidad y la obediencia. Esa instituci�n subsiste hasta nuestros d�as bajo el nombre de vida consagrada, y es fuente de felicidad para miles de cristianos(as). Tambi�n el clero de rito latino vive gozosamente la cruz del celibato consagrado.
Siempre la Iglesia exhort� a sus hijos a ofrecer sus cruces en uni�n con Cristo por la salvaci�n del mundo. Esa pr�dica cuaj� en una corriente de espiritualidad bajo el nombre de Apostolado de la Oraci�n. Surgi� en Francia, a�o 1844, y se mantiene actual. Sus asociados comienzan el d�a con el ofrecimiento de obras. Ofrecen sus actividades y pasividades (sufrimientos) como aporte libre al sacrificio de Cristo que se perpet�a en la Eucarist�a. Y tambi�n encomiendan las intenciones del Papa y de los obispos. Ese ejercicio del sacerdocio com�n es fuente de alegr�a y consuelo para tantas personas que sufren a causa de enfermedades, penurias econ�micas, p�rdida de seres queridos y tantas contrariedades propias de "este valle de l�grimas".
S�lo conduce a la infelicidad el sufrimiento al que no se le ve sentido.
