Renovaci�n cat�lica centrada en la cruz
Monday, March 25, 2013
*George Weigel
En una homil�a en la Capilla Sixtina dirigida a los cardenales que le hab�an elegido Papa la noche anterior, el nuevo obispo de Roma reflexion� sobre el di�logo entre Jes�s y Pedro en Cesarea de Filipo (Mt. 16:13-25), y desafi� a quienes reci�n le colocaron una gran cruz sobre sus hombros, para que intensifiquen su propio compromiso con Cristo crucificado:
��El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: �T� eres el Mes�as, el Hijo de Dios vivo. Te sigo, pero no hablemos de cruz. Esto no tiene nada que ver. Te sigo de otra manera, sin la cruz�.
�Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos disc�pulos del Se�or: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no disc�pulos del Se�or.
�Quisiera que todos � tengamos el valor, precisamente el valor, de caminar en la presencia del Se�or, con la cruz del Se�or; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Se�or, derramada en la cruz; y de confesar la �nica gloria: Cristo crucificado. Y as� la Iglesia avanzar�.
El desaf�o a los cardenales electores se aplica a cada cat�lico, como nos lo recuerda el Prefacio I de la Pasi�n del Se�or:
�Porque mediante la pasi�n salvadora de tu Hijo
diste a los hombres una nueva comprensi�n de tu majestad
y una nueva manera de alabarla, al poner de manifiesto,
por la eficacia inefable de la cruz,
el poder del crucificado y el juicio que del mundo has hecho�.
La Pascua es el eje de la historia, el momento en el que Dios demuestra que sus prop�sitos para la creaci�n han sido reivindicados�redimidos�de manera que todo el drama c�smico de la creaci�n, la redenci�n y la santificaci�n lleguen a su propia conclusi�n en la Nueva Jerusal�n, en el banquete de la Boda del Cordero. Sin la Pascua, no hay fe de la Pascua; sin la Pascua, no hay Iglesia; en la Pascua, la historia y el cosmos se reorganizan en la trayectoria que tuvieron �en el principio� (G�n. 1:1). A�n as�, la Iglesia recuerda a trav�s de la Cuaresma que no hay Pascua sin Viernes Santo. El Viernes Santo no es un preludio accidental a la Pascua; el Viernes Santo es la entrada esencial del orden divino hacia la Pascua.
Esto siempre ha sido dif�cil de aceptar, como lo vemos en el di�logo en Cesarea de Filipo, al que el Papa Francisco se refiere en la homil�a luego de su elecci�n. Nosotros hubi�semos organizado las cosas de manera distinta; hubi�semos escogido otra clase de Mes�as; el tema recorre la Cuaresma en las lecturas del Antiguo y el Nuevo Testamento que la Iglesia asigna a la liturgia durante los 40 d�as, para que la Iglesia pueda reflexionar de nuevo en el panorama completo de la historia de la salvaci�n. Como lo sugiri� el Santo Padre en la Capilla Sixtina, la tentaci�n de negar la cruz es perenne; es m�s, es la ra�z del fracaso de la Iglesia de ser el testigo cre�ble que debe ser, si al mundo se le ha de ofrecer amistad con Jesucristo.
En la Iglesia hay mucho por reformar, y la verdadera reforma, como lo describo en Evangelical Catholicism (Catolicismo Evang�lico, Basic Books) siempre se encuentra centrada en Cristo y tiene un sentido misionero. La verdadera reforma brinda una expresi�n renovada a la verdad de Cristo crucificado; la verdadera reforma prepara a la iglesia para proclamar con mayor efectividad a Cristo crucificado. La expresi�n y la proclamaci�n deben realizarse con alegr�a, porque vivimos en el lado opuesto de la Pascua. Pero la Pasi�n y la Muerte del Se�or nunca deben ser eliminadas de la Pascua; la fe de la Pascua debe ser fe edificada en el abrazo de la cruz.
Por eso el Viernes Santo, al venerar la cruz en la primera Semana Santa de un pontificado de reformaci�n y renovaci�n, que la Iglesia entera recuerde las verdades expresadas en lo que podemos imaginar como la primera enc�clica papal:
�Para esto han sido llamados, pues Cristo tambi�n sufri� por ustedes, dej�ndoles un ejemplo, y deben seguir sus huellas � El carg� en su cuerpo con nuestros pecados en el madero de la cruz, para que, muertos a nuestros pecados, empez�ramos una vida santa. Y sus heridas nos han sanado�. (1 Pedro 2:21, 24)
